“Un viñedo en el espacio” – Cuento Ganador del 1er Concurso Literario de Pozo de Luna

Un viñedo en el espacio - pozo de luna - Yeti

Con motivo de la Fiesta de Vendimia 2019 de la Vinícola Pozo de Luna en San Luis Potosí, México; se llevó a cabo el 1er Concurso Literario combinando vino y literatura, y como abeja sintiéndome atraída por un panal participé y, ¡gané! Así que aquí les comparto el cuento, si les gusta, háganmelo saber, si no les gusta, también.

Pronto, una reseña de la Fiesta de Vendimia 2019, ¡estuvo buenísima!, súper recomendable para que vayan el siguiente año, pero esa, será otra historia.

Un viñedo en el espacio

Era el fin de un tiempo complicado, apocalíptico y gris; un tiempo que parecía ser el fin del mundo pero que de alguna u otra forma no lo había sido. Por el contrario era el comienzo del año 2084, y parecía que la poca vida que rodeaba el planeta se mantenía con la firme convicción de sobrevivir. Así es como después de mil intentos catastróficos y fallidos, la humanidad había logrado crear agua de forma artificial, aún sin los minerales suficientes para mantenerla estable dentro del cuerpo humano, sin embargo, lo de menos era que a la par de este invento, se había creado una cápsula llena de calcio, magnesio, cloruro y otros minerales que eran disueltas en el líquido antes de beberlo, convirtiéndolo entonces en el recurso vital que tanto necesita el cuerpo humano.

Y ahí, en medio de una latente esperanza sobre el futuro estaba Memo, como estatua de cara a una ventana, viendo cómo el recientemente creado recurso “natural” regaba de forma controlada su viñedo, plantado en un pequeño espacio de tierra en lo que antes era conocido como San Luis Potosí. ¿Un viñedo en medio de un planeta a punto de desaparecer? Sí, ahí estaba un pequeño pedazo de paraíso.

Memo era huérfano y tenía 36 años, y por extraño que suene era un caso excepcional de natalidad en un mundo que dejó de procrear, formaba parte de las últimas generaciones nacidas; mitad gente que veía cercana la inminencia del fin, mitad gente que perdió la capacidad reproductiva; no parecían tiempos para nacer ni para ser niño, pero él era uno en 100 millones. Dato real.

El dinero ya no importaba realmente en el mundo, el trueque había vuelto, trabajo por trabajo, o fruta por agua eran intercambios comunes y de todos los días, y si Memo eran tan rico era porque además de ser una rareza social, era un inventor como pocos y sus inventos facilitaban mucho la vida de la poca gente que quedaba, por lo que tenía recursos al por mayor, recurso que además, poco podía compartir. La persona más cercana a su casa vivía a 24 km de distancia, persona que estaba postrada e imposibilitada para moverse; su vecino más cercano al igual que el planeta, tenía los días contados.

La mayoría de sus inventos funcionaban a través de energía solar, que junto a la radiación se había acrecentado de forma importante en la superficie terrestre, el calor y la luz de día eran una constante, y para que el viñedo de Memo sobreviviera, tuvo que dejar morir varias parcelas de viñas hasta dar al clavo con la fórmula mágica dentro de las precarias condiciones en las que la Tierra se encontraba, además y por fortuna, él sabía que la vid en general era resistente a la sequía gracias a sus profundas raíces. Tenía entre sus tesoros Nebbiolo y Garnacha, ésta última súper resistente al suelo seco y buenísima para sus experimentos con rosados; además tenía un par de uvas de su propia creación, a una de ellas la había nombrado “Ñ” y a diferencia de la esférica y rojo violeta de la Garnacha, ésta tenía forma de pera y era de un púrpura intenso, era la cepa perfecta para las condiciones climáticas.

Había creado su propio microclima, la orientación estaba diseñada para optimizar el efecto de la luz en las plantas y al mismo tiempo las protegía con arbustos de la radiación inclemente que azotaba la superficie; permitía ventilación suficiente y controlaba la humedad, tenía su propio universo vivo en medio de un planeta en medio de la extinción.

Una mañana, sin saber si era martes o domingo, pocos haces de luz se filtraban en medio de una nube de polvo densa y oscura. La superficie del mundo estaba a horas de ser sofocada por un tsunami de polvo. Memo se levantó de un salto y corrió a ver su viñedo, estaba como el día anterior, frondoso y cercano al tiempo de la cosecha. Corrió a su bodega subterránea llena de botellas de distintos colores y formas en distintas etapas de añejamiento. Barriles llenos de líquidos púrpuras y rosáceos yacían tranquilos y tal como los había visto la última vez. Pensó en refugiarse en el subterráneo espacio, sin embargo, no podía concebir la idea de dejar morir miles de vides, plantas y frutos que eran parte de su sistema.

Por la poca sociedad que quedaba, se habían oído rumores de que gran parte de la población se había mudado a otro planeta; se trataba de un rumor que parecía más una historia de Julio Verne que una realidad, pero Memo no lo tomaba tan a la ligera, lo que a él sí le parecía increíble era la idea de que la humanidad realmente desapareciera absorbida por su propia autodestrucción, así que desde que supo que podía inventar cualquier cosa, tenía en mente y a medias, un proyecto para salir al espacio exterior. En esos días no era eso lo sorprendente, ya no era un hecho inaudito como el del hombre que hacía más de un siglo había pisado por primera vez la luna; lo que sí era inesperado y casi imposible era la idea de Memo; crear una cápsula en la que pudiera transportar algo más que solo a él mismo; transportar recursos que mantuvieran la cápsula habitable y sostenible.

Su primera idea; sacrificar el vino que tenía en su cava subterránea y en cambio, llevar pedazos de sus viñedos vivos en esta cápsula.

La nube que lo había hecho querer huir de una vez por todas se mantenía inmóvil, en el mismo lugar y con las mismas condiciones, creando oscuridad y un ambiente lleno de tierra, y aunque había dejado de verse amenazante como la primera vez que ésta apareció, supo que no era una buena señal y que pronto podría ser catastrófica para la poca vida que aún quedaba.

Memo comenzó a trabajar en su plan, contaba con maquinaria creada por sí mismo y un par de artefactos más que había recolectado durante la época apocalíptica que conocía desde sus primeros días de vida. Excavó, colocó unas estructuras a modo de placas subterráneas debajo de las viñas que había decidido salvar y extrajo la tierra con mucho cuidado de no dañar los alrededores de las raíces que eran muy profundas. Los movimientos eran milimétricos y parecían eternos, la hazaña le llevó más de un par de días, y aunque ya no era muy consciente del tiempo que pasaba, la oscuridad causada por la nube cada vez era más penetrante.

Lo que sí sabía es que habían pasado algunas noches, porque la falta de sueño y descanso lo estaban haciendo perder la noción de todo a su alrededor. Logró por fin meter en la cápsula tierra potosina, uvas a punto de la maduración, algunas botellas de sus vinos favoritos, suficiente agua artificial y cápsulas de minerales. Junto al micro viñedo extraído había plantas de tomates, de manzanas enanas del tamaño de higos y botes de proteína vegetal que sabía, que si no llegaba a un planeta habitable pronto, llegarían a su fin en algún momento.

Cuidó meticulosamente el peso de todos los elementos contenidos, y de acuerdo a sus cálculos, todo lo que planeaba llevar consigo estaba dentro de los límites que tenía contemplados para expulsar la cápsula fuera de la atmósfera de la tierra. Cuidó que nada sufriera daños a consecuencia de los efectos de gravedad y cuando sintió que no quedaba nada más que comenzar el proceso de huída, durmió un día entero para que el cansancio acumulado no lo hicieran cometer algún error. Estaba decidido a mudarse de planeta y a salvar un poco de lo que creía valía la pena preservar.

Cuando abrió los ojos de nuevo, habiendo soñado por casi 22 horas con distintos tipos de escenarios a los que podría enfrentarse, notó que la visibilidad en la superficie ahora era nula, no era capaz de ver qué había a más allá de 1 metro de distancia a su alrededor. Era una situación peligrosa, sabía que se trataba de un salto al vacío de los desconocido, pero sabía también que era su única alternativa posible. El cohete que lanzaría la cápsula al espacio estaba listo, y solo esperaba que sus cálculos fueran lo suficientemente atinados para generar la energía suficiente que lo hicieran atravesar la nube y después atravesar la atmósfera terrestre. No tenía idea de a dónde llegaría pero esperaría contar con el tiempo y recursos necesarios para dar con algún planeta habitable.

Sin pensarlo demasiado, comenzó la cuenta regresiva: 6, 5, 4, 3, 2…y cuando estaba a punto de llegar al 1, el cohete salió disparado, no contaba con eso. Una fuerza que nunca había experimentado y que menos creía ser capaz de generar lo estaba llevando a un destino inhóspito. No sabía si el traje que se había creado sería suficiente o si la estructura de la cápsula serían capaces de soportar las condiciones espaciales que solo conocía por teoría. Algunas uvas habían caído, muchas cosas salieron disparadas en el número 2 del conteo, pero ahí iba Memo, con la única ventana diminuta que había diseñado para ver hacia el exterior, cerrada. No supo cuánto tiempo pasó desde el momento en el que salió disparado, que de pronto la fuerza que lo impulsaba se detuvo, tuvo miedo de saber si seguía dentro de la atmósfera terrestre o había logrado salir. Dudó en abrir la ventana diminuta, se aseguró primero de sentirse bien, estar completo y verificar que todo en la cápsula funcionara correctamente. Temió sentir de pronto y de la nada la atracción de la cápsula por la gravedad, pero no precisamente por la espacial sino por la terrestre, yendo en caída libre hacia una inminente muerte. Esperó en silencio la catástrofe, sin respirar, pero nunca en los minutos que le siguieron a ese pensamiento, experimentó uno de los peores escenarios que había creado en su mente.

Por fin decidió abrir la micro ventana, su mano temblaba, la mantuvo así sobre la ventana sin decidirse a ver su realidad, por fin deslizó el material que la recubría. Se asomó con mucho miedo y lo único que vio fue un escenario negro, oscuridad total, no sabía si estaba hundido en el fondo del mar, si estaba aún dentro de la nube de polvo o si estaba por fin en el espacio. Tardó en acostumbrarse a esa oscuridad, pero conforme pasaron los minutos y fue abriendo los ojos lo más grande que pudo, vio por fin una respuesta; sus ojos encontraron a lo lejos un planeta cubierto por una nube, parecía un planeta enmohecido, envuelto en una capa de algodón gris, casi negro; era la tierra y su gran nube, ¡lo había logrado, estaba en el espacio!

Memo y la cápsula se quedaron flotando en una superficie eterna y sin fin, de vez en cuando se asomaba por la ventana del tamaño de una rebanada de pan blanco, veía de vez en cuando luces, estrellas fugaces, naves extraviadas que al igual que él esperaban aterrizar en algún momento en el planeta paradisiaco a donde los humanos se habían mudado. Esperaba llegar a tiempo para la siguiente época de vendimias, esperaba llegar y tener que descubrir la receta para que sus viñedos se dieran en las condiciones de su nuevo planeta. Si alguien hubiera podido ver a Memo desde afuera de su cápsula, lo verían hablando con las uvas, cuidándolas como lo único valioso que existe en el universo. Y así, en la vasta galaxia llena de estrellas, de naves que nunca lo lograron y de algún planeta habitable, está un viñedo potosino flotando en una cápsula, conteniendo un micro universo que aún sobrevive a base de esperanza.

Autora: Myrla Treviño Diosdado, septiembre 2019

Ilustración: Yeti

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