Los gritos son audibles a las cuadras, el chocar de los tenis al tocar el asfalto en una clara corrida, los balazos al aire. Ya solo la gente se acuesta, sube el volumen del televisor, la música, oh bien, trata de conciliar nuevamente el sueño. Los más curiosos se asoman, esperando tener un punto estratégico que permita ver cada detalle de lo que pasa, aguardan, con su morbo interno, ver alguien caer muerto, presenciar un delito en vivo puede ser el mejor espectáculo en las auras de violencia donde se come de eso cada día, así las cosas y no hace falta imaginar el motivo, nos alimentan tanto de amarillismo que creemos necesitarlo ya. Se hablan de los “protagonistas callejeros” como si fuesen caudillos de causas justas. Los infantes ejercitan su derecho a la imitación y es normal verlos jugar a ser grupos contrarios chocando entre ellos.

Los espectáculos suelen tener un promedio entre 10 y 15 minutos, es como si fuese un juego de futbol, corren hacía el enemigo, piedras, machetes o cualquier arma en mano al descargar la embestida y todo lo que pudieran arrojarle, el enemigo regresa con lo mismo, un ir y venir, hasta que alguien caiga y su cara termine llena de sangre, por suerte solo será un “manchon” en el piso del que se recuperara en unos días, si no, será el primer muerto, es curioso, algunos husmean buscando esa escena y nadie la ve, solo escucha después las historias y lee las noticias, sin llenar su curiosidad por la veracidad de los hechos.

Es triste ver tomar parte a jóvenes entre 10 y 18 años, pero a la vez, en ellos es necesario, su modo de vida así los obliga. Es interesante como incluso son capaces de comprender y tener algunos valores básicos. Quizá alguien diga, ¿en serio? Dices que ellos son capaces de tener valores, ¡por Dios cómo no!; la lealtad que se llama “carnalismo”, se expresa por no dejar a nadie morir o morirse en la raya; la valentía se asoma por el dicho “ese wey está loco”, el liderazgo recae en quienes “hacen punta”, todo eso es básico, quienes no lo tienen, la misma calle, escuela calle o madre calle se los come. No hay diferencia entre los que ostentan el poder sin quererlo a quienes ostentan la violencia repudiándola o sintiéndole miedo, acaban muertos.

Cuando uno se asoma observa, ve como es necesario que salga un valiente entre los indecisos, y es que así es, cada batalla, por más pequeña que sea, los involucrados sienten en su cuello el agrio suspiro de la muerte, ese algo donde puede salir mal, que esa noche el desenlace será diferente y que peor forma de morir que por un tercero, quien conoces de vista, pero no de personalidad. Conoces su apodo, pero no lo que hay detrás de ese sobrenombre, solo rumores de lo loco que estaba, las hazañas que hacía pero que realmente no puedes probar, solo resta decir, así me lo contaron. Obvio no faltan los paranoicos que juran haber visto lo que cuentan, pero por lo general, se les da el beneficio de la duda. No somos tan distintos del siglo I, contamos historias y, como un teléfono descompuesto, las engrandecemos, haciendo ver con total verosimilitud a los mentirosos.

Habría que entrevistar a cada persona involucrada sobre porque decide ir a encararse a los “contrarios”, habría que saber que hay detrás del sujeto que, tras correr sobre un rezagado de la riña, brincando al capó y saltando, como un leopardo sobre una gacela, que hizo que le rompiera el cráneo a su presa con el ladrillo que tenía como arma. Habría que saber que pensaba aquel que, desde la retaguardia disparo a quemarropa a quien hacía punta de su mismo bando, que sintió al matar a su “hermano”, -o sí tan siquiera estaba enterado del suceso-, matar por su cobardía de ir al frente. Que siente el pequeño al consumir “chemo” todo el día sin parar, presumir su maldad y huir de quien le dio un puñetazo en la cara, ¿Qué futuro tiene en esa vida? Ninguno, si él no se ayuda, nadie más lo hará, otra regla no escrita pero muy valiosa.

Que se siente disparar al aire y ver los enemigos correr despavoridos, observarlo todo desde la posición en que se efectúo el disparo, y más importante, porque rehusar dispararles. O aquellos otros que, frente a frente se disparaban si darse un solo tiro, sin herirse, a que temían ¿matar a su rival? Entonces, ese acto de valentía que demostraba ¿Qué solo querían dar su vida sin mancharse las manos? O ¿Qué esperaban que alguien viese tal escena para más tarde poder jactarse de su “locura”? ¿Oh simplemente una mala puntería sin un contraste más de fondo?

Cada cabeza es un mundo, cierto, pero que piensan los mundos al ir a atacar a otros mundos sin razones aparentes. No es una lucha por territorio lo de ellos, no invaden a quienes ganan, no son narcos. No obtienen dinero, al revés, lo pierden cuando resultan heridos. No ganan a las mujeres de los otros, nada, solo eso, tienen historias -reales a niños sin criterio- y vuelven a repetir las acciones cada 8 días -y cada tantos años por los niños que los observan, un circulo vicioso- hasta que alguien muere. Y es ese asesinato que demuestra su personalidad; huyen, temen hacerse cargo de su acción, se escoden, como si más que huir a la autoridad huyeran a su decisión. Un asesino se alegra de matar y deja pistas pues no es bueno hacer arte sin que sepan quien fue, pero ellos, nadie se adjunta la baja, hasta pasado el peligro. Matar no es su vocación, es su error, con el que no aprenden, sino que se acostumbran a vivir.

Posted by Claudio César

Siempre tuve inquietudes pero no siempre tuve donde ni como plasmarlas. Siempre quise ser escuchado pero no supe como hacerme entender; ahora, en la escritura encontré voz, pero no solo la propia, sino la de mi entorno. No busco controversia ni polémica, busco solo identificar a más de uno con lo que piensa y motivar a otros tantos a hablar.

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