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… publicó en tu biografía.

Me quede en vela. Si, esta es la manera de comenzar, directo. El insomnio me ataco y me gano una guerra. Sus ataques fueron feroces, no hubo cuartel. Mi bandera blanca relució más de una vez, pero el enemigo era beligerante, hostil, me ignoro totalmente y me ataco con mis mejores recuerdos. Te lo digo, fue fatal. ¡Qué ingrato es ese enemigo! Acometió en la noche, en los momentos de mayor debilidad. Sus balas caían sobre mi cabeza, mi lagrimas eran los soldados muertos. Caían uno tras otro, hasta estamparse en mi almohada. Estoy de luto aun por ellos.

Pensaba hablar contigo, encararte, tu&yo, solos, así cobraría venganza. Pero me di cuenta que solo llevaría al matadero más lágrimas. No lo notaste, regresa, ve la manera de referirme a nosotros, no hay una sola “y” de separación, de que me da igual, hay una “&”, sinónimo de incluyente.

Cuando el plan A falla, existe todo un abecedario, números, dedos y demás mamadas que te hacen continuar, ¿recuerdas? Tú pronunciaste ese discurso estúpido al no quedar mi primera vez en la universidad. Te escribí una carta, pero jamás te la cederé, ¿Por qué? Por tu insensibilidad. La leerías de eso no cabe duda. Pero al acabarla ¿Qué? Sin más la tirarías. ¿guardarla? jajaja, no acostumbras tales cosas, te conozco, guardas las palabras como retienes la historia de los libros que lees. Quizá, solo quizá, plasmar mis sentimientos en papel escrito a mano con grandes muestras de saber escribir, merecería un lugar en algún sitio de tu cuarto, pero no por amor o recuerdo, sino como muestra de que alguna vez te dieron algo lleno de ingenio. Este caso no es así, mi carta es aburrida, normal, nada digno de guardar para la eternidad. Un inbox, un whats largo. No, la respuesta sería obvia, unas simples palomas.

Por eso decidí estar aquí, en tu muro, publicándolo. Escogí esta hora en especial pues tus asuntos no dejan meterte a tu red social. Durará al menos tres horas si bien más. Que las personas sepan cómo me atacaste. La fiereza que demostraste no me mato, es absurdo, el amor no mata, al menos que te robes a la novia y un ejército llegue a las puertas de tu ciudad. Ambos sabemos a qué libro me refiero, sabes ¿por qué? Porque así de mucho te conozco; amas y odias esa historia, amas la guerra narrada, odias la causa que la conllevo y más aún, odias como termina aquel personaje. Recuerdo aun cuando me contaste esa historia, éxtasis salía de tu ser al detallarla, frente a la iglesia en plaza de Armas, tu iglesia favorita. Tus ojos destellan cada vez que la observas. Es curioso, amas las construcciones eclesiásticas, pero refutas la idea de que exista aquel a quien se construyó semejantes maravillas.  Te conozco tanto, más que a nadie en mi vida.

Recuerdas la primera vez que nos vimos. Desconocidos, amigos de una conversación por Facebook. Un lugar de mutuo destino, y palabras simples, holas, como estas; quien diría que tan semejantes daños colaterales traen consigo. Las salidas se hicieron más y más frecuentes. Nos abrazábamos entre juegos, nuestras manos se unían, como cadenas. Y así fue más adelante, nos volvimos cadena. Recorríamos las calles. Tu escuchabas mis historias, yo las tuyas. Nuestro primer beso, nada especial. De hecho algo absurdo rayando en lo tonto. Desincronizados, torpes, nos dimos un golpe con los labios, después con la frente, “no hay explicación lógica de esto que paso” te burlaste, reímos, y sucedió. Nuestros labios se conocieron. La noche nos envolvía, como sabanas de cama. Las estrellas adornaban el paisaje, mientras la fincas virreinales atrás de nosotros hacían perfecto el momento para retratarnos. Lo hicimos mentalmente. Nuestros retratos eran mentales, por lo tanto, duraderos.

¡No finjas! Recuerdas cada detalle! No olvidas fácilmente. Las comidas humildes, hamburguesas, tacos, hot dogs, cosas que no valían más de cien pesos. En camión íbamos al encuentro, en camión nos regresábamos. Mensajes que tranquilizaban las angustias. Ya llegue a casa. Era angustiante esperar aquel mensaje, la situación de la ciudad le daba motivos de sobra a la mente para afligirnos. Yo me angustiaba, aún lo hago, tú me amas, aún lo haces. Muchas sentimientos eran iguales, eran recíprocos. Empezaste a usar carro, no me importaba, me gustaba, pasaba más tiempo contigo. Las canciones sonaban mientras íbamos a nuestro destino. Contemplaba ese presente como un futuro inminente. Era hermoso, genial figurarnos así, como pareja, transitando de un lado a otro; cines, restaurants, moteles, hasta llegar a un mutuo destino, así es, lo digo así, sin más, vivir juntos. Sueños infantiles de parejas que suelen creer encontraron el amor. No es de extrañar, tres años juntos nos hicieron decir por algún tiempo “siempre juntos”, “amor de mi vida”. Recuerdo cuando dijiste que no podrías repetir ninguna de esa frase, ambos sabemos porque. No es triste la razón, es racional, es perfectamente entendible. La gente debe morir primero para presumir haber estado con el amor de su vida.

¿Recuerdas nuestro primer encuentro? Torpe como nuestro primer beso. Aquella cama fue testigo que el amor no se hace como las películas cuentan, pero aun así, el momento es mágico. Nuestros cuerpos eran manjares a nuestra boca. La lengua recorría cada milímetro. La saliva quedaba por donde transitaba el sentido gustativo, era éxtasis aquello. Nos tocábamos por todos lados, pechos, piernas, caderas, entrepierna, aquí, acá. Besos que nos inundaban la boca, el alma. Virilidad y feminidad. Pero aun así no hubo aquella unión. Reímos, era difícil. No sabíamos cómo, no entendíamos como, pero era perfecto, porque estábamos juntos. Sucedió hasta la tercera vez. Ambos recorrimos juntos el camino hasta el clímax. Y después no hubo fuerza que parara o saciara nuestro apetito. Nos uníamos. El universo se encontraba en nosotros. Cada embestida, cada gemido. Todo era perfecto. La unión es perfecta, el amor causaba ese estado perfecto.

El tiempo es el mayor asesino, el mejor médico. El tiempo es todo, justo, injusto, conciliador, separador, tonto, inteligente. Se le maldice o se le bendice. El tiempo engaña de manera perfecta. El principio siempre es maravilloso. Lo desastroso es el avanzar, o sea, cuando lleva tiempo con quienes unió en algún momento. Parece que tiene negras intenciones, los une para después burlarse de esa fusión. Empezamos a recaer sin darnos cuenta, las palabras bonitas empiezan a desaparecer, se reemplazan en peleas, discusiones, enojos, dimes, diretes. Pero podíamos con eso. Avanzábamos. Lo superábamos. El tiempo también es burlón, pone personas que no deben estar, pone cualidades que no debes valorar. Quita frenos, empujando a límites que no se deben pasar.

Así sin más, todo marchita, muere. Olvidamos el modus operandi. Enamorarse diario es un pedo enorme. ¿Cuándo fue la última vez que comentamos nuestras fotos como al inicio? ¿Cuándo fue nuestra última pelea del “yo más”? ¿Cuándo fue la última vez que demostramos tristeza moderada o exagerada por la falta de tu presencia o de la mía? Revisémoslo, hace tiempo que olvidamos esos detalles. Hace tiempo que dejamos de mirarnos solo como lo único existente en esta prisión llamado planeta, la gravedad de la vida, de la rutina no hizo volver a la tierra, arrastrarnos como insectos. Empezamos a ver a través de nosotros, como si fuéramos simple cristal. Nos perdimos de vista, como un bote al zarpar, que avanza y avanza y se pierde en la inmensidad del mar (¿Dime, ¡cual es nuestra inmensidad que nos hizo extraviarnos!?) sabes que está ahí, pero no lo vez y te embobas con los demás botes apunto de zarpar.

Canciones, poemas, historias. Todo va muriendo. A veces, la única razón que nos seguía uniendo era solo el sexo, si, así, “sexo”, era solo placer. No había romanticismo, amor, o aquella mágica unión. Esos momentos de placer intenso nos alejaban más. Estábamos unidos sí, pero al terminar, nuestra distancia se hacía más y más enorme. Nuestros sentimientos eran más inexpugnables. Estábamos en la misma cama, pero en mundos diferentes.

Recuerdas cuando las copas se me pasaron. No quería alterar a mamá. Ningún amigo contestaba el puto celular. Pero tú sí. Te embarcaste en una aventura peligrosa, me rescataste, ambos dormimos en tu casa. Vivos, estábamos vivos. Las tardes de biblioteca, estudiábamos, era importante, el futuro lo es, más si estábamos destinados a estar juntos. Mas borracheras. Las llamadas de emergencia cuando alguien quería desahogarse. Siempre estábamos ambos para ambos. Cuando los demás te dejan con tu infierno sólo, uno de nosotros llegaba a apagar esas llamas, tan intensas. Derribábamos muros íntimos. Se mil secretos de ti, tú de mí.

            Por eso y por más es que te odio y a la vez te amo. Niégalo todo lo que quieras. El mundo no es como las películas. Si a todos nos amaran como quisiéramos, no hubiera niños sin padre, divorcios. Estaríamos complacidos. Pero cada persona ama a su manera. Y cada persona elige por quien ser amada. Puedes buscar entre mil, pero solo encontraras mil formas de amor, una diversidad enorme, lo mismo será para mí. ¿Pero que no es eso lo divertido, amar a tu manera? ¿No son esas las cosas que nos hacen diferentes a cada uno? Quizá, solo quizá, si dejáramos de pensar como querer ser amados y simplemente le diéramos la oportunidad a la otra persona de hacerlo a su forma, seriamos felices. Bajemos las expectativas, solo un poco, no esperemos recibir un dragón inexistente cuando en la casa solo puedes tener un perro chihuahua, o más a tu manera, “no seamos imbéciles, seamos racionales”.

Estas oraciones no son un regresa, te extraño, me muero sin ti. Son solo eso, oraciones. Reconoce las cosas y después toma la decisión. Y más que nada, recuerda, cada vez que digamos adiós, nos espera de nuevo un hola, somos madurez, sabemos que uno significa mucho para el otro. Por mi parte esperare de nuevo tu mensaje, fui quien contesto por último…

Acerca del autor

Claudio César